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Poeta y artista visual, en 2016 Claudio Burguez (Santa Lucía, 1965) ganó una mención en el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura por su libro Las cosas que quiero no se quieren entre sí. De ese libro, que aparecerá en estos meses a través de la editorial Pez en el Hielo, ya habíamos publicado “Por suerte los mellizos están bien”, y ahora le sumamos este nuevo relato.

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Porque uno va a donde ve algo que no entiende. Hebe Uhart 

Un grupo internacional de médicos forenses se encontró en Inis Mór, la mayor de las islas Aran, al oeste de Irlanda. Nadie se enteró ni antes, ni durante, y muy pocos lo hicieron después. Todo lo que hallaron fueron restos de fogones, algunos tickets de ferry y unas pocas páginas quemadas de viejos tratados médicos. Nada de huellas, nada de pistas y los pocos testigos tienen vagos recuerdos.

Mi amigo dice que es pura extravagancia y poesía. Puede ser: que seas doctor no te quita en absoluto el capricho de una metáfora, y que trabajes con materia muerta tratando de reconstruir una historia empezando por el final, menos aún.

Lo cierto, mejor dicho, lo que parece ser cierto, es que un grupo numeroso de forenses de todo el mundo se encontró en una isla perdida de Irlanda. Nadie sabe para qué, a nadie le importa demasiado y exactamente por eso me encargaron esta nota.

No me controlo cuando se trata de explicar con metáforas, no me controlo cuando como o tomo, no me controlo con la televisión. Eso lo sabe mi jefe; también sabe que no tengo hijos y que puedo destinar por entero cinco días a trabajar en este proyecto.

En la revista saben bien que me gustan las series policiales inglesas (Vera, Whitechapel, Rebus, The Shadow Line, Lewis, Happy Valley, River) porque el forense, al igual que yo en mi lugar de trabajo, siempre es un secundario estelar.

Los guiones policiales en general tienen un linaje de personajes sórdidos y geniales, seguramente marcados por el morbo de guionistas que no resisten la tentación de homenajear a algún film de culto. En sus breves apariciones estos personajes hacen chistes inteligentes, se reservan alguna información o comen mientras trabajan. Algunos hasta limpian sonriendo el escalpelo con la lengua. Esos son los forenses que siempre me acompañan en casa a la hora de la cena.

Pero los que busco ahora, los que se reunieron para no sabemos qué, son reales. Son catedráticos o jefes de departamentos en hospitales, son los que tocan el cadáver todavía caliente, son los que especulan y a su vez los que se sientan a escribir un informe legal y determinante, tan basado en la evidencia como en la probabilidad. Son los escribanos de la medicina. Profesionales que vuelven a tejer el buzo a partir de hilos sueltos, que viven dentro de un gran archivo y que tienen que escribir una ficción para atrás. Y finalmente hacer que eso suene creíble.

Ni mail ni mensaje de texto. Mi jefe vino personalmente al escritorio para contarme y de inmediato supe que se venía un encargo extraño.

Presupuesto para viajes: cero. Dinero para movilidad interna: algo. Tiempo de entrega de la nota: cinco días.

Ok, pero lo voy a hacer a mi manera, le dije, voy a contar paso a paso mi búsqueda. La decisión fue más estratégica que estética porque, la verdad, temo no encontrar nada, por lo que entonces también tendría que hacer de eso un relato.

Tengo una cabaña en el medio de un bosque en Rocha, buena conexión de internet y vacaciones pagas. Tengo comida, leña, la compu llena de música, whisky y es mayo. Algunos libros cargados en el Kindle y nadie alrededor. Sólo Gustavo.

Gustavo: escribí parte de su vida en un cuaderno y algún día voy a hacer una novela con eso. Un porteño encantador de 62 años, flaco, alto, de pelo y bigote blancos, dueño del complejo turístico en esta esquina del bosque y señor de una vida increíble. Fue estafador de guante blanco, propietario de un geriátrico en la provincia y chofer enloquecidamente drogado de una ambulancia en el microcentro de Buenos Aires. Una vez, con un traje prestado, la locuacidad y simpatía del mismo Protágoras y una performance que muchos artistas envidiarían, le sacó una fortuna al Citibank. Sin violencia, sin apuro y con un sincero apretón de manos de parte del gerente de la sucursal.

Ahora vive con Anna, una alemana que reparte su vida entre azafata de tierra para Lufthansa en el aeropuerto de Hamburgo y el bosque de La Serena. Por el estado de Gustavo cuando me lo crucé, Anna estaba de viaje.

We choose to go to the Moon! We choose to go to the Moon in this decade and do the other things, not because they are easy, but because they are hard; because that goal will serve to organize and measure the best of our energies and skills, because that challenge is one that we are willing to accept, one we are unwilling to postpone, and one we intend to win.

Mi inglés no es excelente y además es americano (Alianza Uruguay-Estados Unidos, sucursal Canelones). Una época bastante extraña de mi vida. Nélida, mi vieja profesora, me hacía escuchar grabaciones en casetes de discursos de Kennedy y de Nixon. Yo tenía que entenderlos y poder repetirlos. Así aprendí mi inglés en Canelones, mi inglés de Canelones.

Nélida era miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esa iglesia había llegado a los pueblos del departamento construyendo canchas de básquetbol techadas con un parqué perfecto. Los curas norteamericanos vestían camisas blancas, jeans Levi’s con tiradores, y eran aficionados a los trenes eléctricos. Para nosotros todo eso era el mundo.

Mientras The Pogues gritaban cosas interesantes entre dientes cariados y ayudaban a darle sentido al comienzo de una década, yo aprendía viejos argumentos sobre la Guerra Fría y la importancia de la carrera espacial. Era extraño sentir que algo pasaba afuera y que no éramos parte, intuir desde chica que seguíamos nuestro propio almanaque. Y esto no era una forma de decir, era el mismo cartón con la foto de la misma farmacia, colgado en la pared de todas nuestras cocinas. La fábrica de pastas de confianza, el doctor de la familia, el remisero, la heladería los sábados, la biblioteca del club social y la pizzería enfrente a la plaza cerraban un corral donde mi inglés y mi curiosidad rebotaban eternamente.

Lo único que me hacía bien era la mesa de la ventana en el club social los sábados a mediodía. Estaba enfrente a la plaza y desde ahí tenía una mirada clara de la ciudad que odiaba, de la que siempre quise salir corriendo. Era como estar exiliada en la pequeña embajada de un país hermoso, sin poder salir a conocerlo.

El inglés de Canelones no me sirvió de mucho en mi primera vez en Londres. Una noche, una chica de pelo rojo, muy linda, me contó su vida luego de varios tragos, me ofreció drogas y seguramente algo más.

En verdad su vida parecía interesante, juro que puse todas mis herramientas al servicio de esa conversación. Era irlandesa, como buena parte de los parroquianos del pub George and the Dragon, en Hackney, y fuera de cosas como Saint Martins, master designer y trendsetter, le entendí poco. Sé que hablamos mucho y medio drogadas sobre el color lila de los fósforos que te regalaba la casa. Podría haberme quedado a vivir en esa ciudad por detalles así.

Yo era muy joven y viajé con una beca improbable que me cambió la vida. No me olvido del acento y palabras sueltas en irish. Es más, en este momento empiezo a recordar algunas.

El último puesto fronterizo de la Europa antigua. JJM Synge

Las Aran, pertenecientes a la República de Irlanda, son un grupo de tres islas situadas en la desembocadura de la bahía de Galway. Tres pequeñas mesetas peladas de tierra calcárea y pastos verdes con poco más de 1.300 habitantes de habla gaélica, en total. Tres cápsulas reservorios de la Irlanda tradicional y prehistórica. No mucho más. Esta nada se compone de: muros de piedra, casas de piedra, altas barrancas de piedra, mar negro y viento. Lo que se eleve metro y medio por encima de los pastizales sólo puede ser edificación o alguien peleando inútilmente contra el temperamento del Atlántico Norte.

Estas tres islas tienen algo de puerta de entrada o de salida: la más grande, Inis Mór, de doce kilómetros de largo y tres de ancho, posee un fuerte prehistórico en la cima de un altísimo acantilado que parece cortado a cuchillo y pavonea las ruinas de siete iglesias con sus tumbas de tres mil años.

Inis Meáin es “la del medio”, orgullosa de haberse mantenido tradicional y de inventar los famosos buzos de punto de Aran. Al parecer un pescador y su familia quisieron introducir un patrón único en los puntos de su tejido por si se ahogaba alguien del clan y tenían que identificar el cuerpo.

Inis Oírr es la isla más pequeña, la más oriental. Mide menos de tres kilómetros cuadrados y tiene un modesto aeropuerto. Esto podría llegar a ser un dato importante.

Ennis es una ciudad demasiado chica para la promesa europea: salvo abadías y pubs no hay mucho y los jóvenes quieren huir, como quieren huir de Santa Lucía o de Canelones. Pero por lo menos está cerca del aeropuerto de Shannon y eso es un poco más divertido. Tiene pubs, dealers y japoneses pagando por fotos de cualquier cosa que se parezca a un montículo de piedras. Japoneses… el canal de la Mancha nunca los detuvo. Salieron a recorrer el mundo en los setenta y nunca regresaron.

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El sol de Ennis es poco y se administra como un bien municipal. Los forenses pasaron por aquí antes de cruzar a las islas. Hay registros: fue visto un grupo de gente de distintos países, algunos con el torso desnudo, otros con atuendos exóticos, en un mediodía de fines de agosto de 2012. Por supuesto, llamaron la atención, se subieron fotos a las redes sociales con comentarios burlones y fue noticia en la radio local, pero como ya sabemos, local dejó de ser una palabra local.

Books, bubbles n’ babies! —That time me and the hubby decided to have sixteen barbecues in four days.

—Oh la larrrr…. total babe! —My chorizo girl! —You’re so photogenic, well jell. —I hope I’m in London when one of the pop ups is going on!! —I’ve just realized you’ve picked a dog that shares similar physical characteristics to you and Pet. You need to watch Best in Show now —Jesus, you two are hot hot hot x! —Bet you loved this car more than any lady…?

En la web no hay referencias sobre el encuentro, sólo un rastro delgado, estelas degradables como las que deja un avión a chorro. Me lleva horas encontrar un comentario remoto de una tonta joven irlandesa en una red social que los menciona lateralmente en el medio de un chiste malo. Tengo que esforzarme para leer interminables cadenas de estupideces y acabar sabiendo mucho de gente idiota (que significa saber no más de dos o tres cosas en forma repetida), pero casi nada de mis forenses. Cómo serán de estúpidas que hasta mi vida me parece un tema interesante.

Hace dieciocho horas que llueve sin parar en todo Rocha, hace frío y me faltan dos cosas: azúcar y tampones. ¿Mencioné la botella de Lagavulin?

La cabaña es una sola habitación grande toda de madera sobre pilotes, con la cocina integrada y un baño de ladrillos al que se accede bajando una escalerita de madera. Tiene ventanales para todos los pinos, aloes y acacias del bosque. Ventanales que cierro en las noches.

Sigue lloviendo y el almacén más cercano está a dos kilómetros. Tengo una vieja bici marca Prudente que, como están las cosas, es tan inútil como la provolonera para parrilla marca Olmos que me regalaron cuando me casé. Es sabido el destino que tienen las exequias de una relación.

Recién me entero: esta reunión mundial fue insinuada desde una dirección totalmente camuflada, Media donde hablan tanto de filología, de filosofía, de literatura universal o de avances en tecnología, en seis idiomas y siempre de manera fragmentada. Su diseño, cuidadamente espantoso, es perfecto para pasar desapercibido. Nada en este sitio ayuda.

Decido, como siempre, escribir todo esto en un documento en mi Drive porque mi verdadero terror es que me entre un virus en la máquina y pierda todo, porque lo que tengo hasta ahora son pedazos de algo que no sé muy bien qué es. Buscar ensamblarlos en su lugar será imposible. Me resta ir cosiendo un patchwork sin saber si finalmente obtendré una frazada o una alfombra.

La profecía hoy tiene que ver más con una proyección geográfica que histórica. John Berger

Me preparé una costilla de cerdo con romero fresco del jardín para la cena. Siempre que me siento rara repito la comida que mi madre me hacía cuando era chica. Está rica, le paso pan a la grasita del plato. La servilleta bajo el vaso de whisky es una payasada que me inventé para sentirme en el bar de algún ferry por el mar del Norte.

Los Forenses, nombre que en un estornudo de imaginación moteó la prensa local y que a partir de ahora pongo en mayúsculas, no eran más de cien y estuvieron acampando en las islas Aran, al parecer camuflados de “club-de” o de “asociación-de”. Repito: no dejaron huellas, sólo testimonios orales, y nadie pudo chequear cosas tan obvias como los boletos electrónicos de avión, por ejemplo. No hay nada, casi nada.

Cuatro veces en tres días me planteé renunciar a esta nota. Tengo tres versiones empezadas de la historia, tengo una carpeta en la que meto todo lo que encuentro sobre los Forenses: fotos, menciones perdidas en blogs remotos, música que mi cabeza quiere relacionar y muchos datos sobre medicina, pero sobre todo estoy fascinada con que la geografía me pueda decir algo, cualquier cosa.

Desde el aire las islas son planas, alguna vegetación escasa salpica de verde sphagnum la gran meseta, mesa tabla camilla. También parecen tres libros en blanco cerrados, tres enormes volúmenes flotando en el mar con sus mil hojas sin leer apretadas para siempre, aplastando historias, leyendas y cuerpos. Lo que dejan ver es solamente el canto, el espesor de cada página. Paso la yema de los dedos por la pantalla, tal vez el paisaje de Inis Mór le cuente algo a esta lejanísima desconocida que nació en un sanatorio de Santa Lucía hace 40 años.

Mal que les resulte la comparación, periodistas y publicistas comparten como mínimo tres cosas: un gran esfuerzo por ser creíbles, algunos boliches y ciertas drogas. Acodado a las tres de la mañana en un bar, mi editor espera que, el tercer día, le mande un adelanto. Yo apenas si puedo empezar a verlos en el hostel Kilronan, dispersos, haciendo equilibrio con el viento y con el estómago revuelto por el mal talante del Atlántico. Cien personas llamando la atención en las cuatro calles menos densas del mundo. No me voy a apurar, que espere, que se tome otra, que seduzca a estudiantes, que espere al dealer.

Fog in channel, continent cut off. Así de creídos pueden ser los refranes populares británicos.

Noticia: los Forenses eran noventa y nueve, se dividieron en tres grupos de treinta y tres, y cada grupo fue para una isla. Me lo confirmó Brendan, un chico de Doolin, la ciudad frente a Inisheer, la isla más chica de las Aran. Su padre tiene algo así como una casa de camping en Ennis. Supuestamente les vendió implementos a las tres delegaciones. Brendan parece un buen chico y parece más interesado en mi remotísimo país que en saber lo que pasó por su ciudad hace cuatro años. Tiene 35 años y una sonrisa que me recuerda a Ed Sullivan. Hablamos de música, del brexit y de Trump.

Preguntó a los operadores turísticos de las islas y al parecer las tumbas y las iglesias no fueron visitadas por los Forenses. No sé por qué no me sorprende. Brendan es un lindo chico, intercambiamos fotos.

Mi nada se compone hoy de un montón de contactos en el celular, un trabajo tolerable, una cabaña en un balneario y una valija con fotos con las que me cuesta mucho armar algo así como una historia.

Acostumbramos a definir la nada por cosas que la componen. Es decir, por las pocas cosas que la componen y, por supuesto, por la falta de cosas que la definen. En la heladera no me queda nada: un limón feo, una botella con agua, un sobre sin mayonesa, un poquito de dulce de membrillo. Y sin embargo eso es nada. No tengo nada que hacer luego del trabajo, vivo sola, no tengo pareja ni hijos, es decir, tendría que ordenar, hacer un poco de gimnasia, llamar a mi madre. Esas cosas son mi nada, las conozco demasiado bien.

La nada está llena de cosas que, justamente, no necesitamos.

Sí, te puede tocar vivir en un sitio donde los únicos elementos que te rodean, en todas las direcciones, sean tres o cuatro. ¿Cómo será la nada de alguien que vive en Inis Mór? A juzgar por Man of Aran, el documental que Robert Flaherty hizo en 1934 sobre la vida de estos pescadores, su nada tiene no más de dos elementos y estos los mantendrían ocupados toda su vida. Es decir, ellos sí que necesitan de toda su nada.

Hace mucho frío, mucho. Tanto que, para el desayuno, además del café con leche, considero seriamente freírme algo, cualquier cosa. No traje aceite y en la cabaña no había; es raro, acá hay de todo: centros de mesa, cuadritos colgados, una guitarra, licuadora, varios coladores de tallarines, condimentos, una caja con herramientas, libros, barajas españolas, comida para gatos, faroles, todo tipo de alargues y transformadores, caracoles, esculturas y pinturas de artistas amigos, varios juegos de té. Demasiadas cosas al mismo tiempo. Cuando desvío la vista de la pantalla o del vaso, me pierdo mirando los detalles de una vida pasada.

Tengo que freír con manteca. Mejor.

Parece que había un forense uruguayo en el grupo, pero por supuesto, nadie menciona su nombre. Por supuesto, consulté a varios amigos médicos y nada. Hipocráticos. Son un gremio discreto.

Medicina forense (de foro: por ser en la antigüedad los foros o tribunales en donde se desempeñaba esta disciplina). Es una ciencia basada en la evidencia, enseña y aplica el método galileico, utiliza el método cartesiano, con los cuales se conforma el llamado método pericial.

Método. Parece lógico buscar un método para investigar esto. Hasta ahora tengo un hecho casi absurdo y nada más. Casi un concepto, un encuentro aparentemente sin sponsor de ningún tipo, en un lugar ideal para construir una historia.

Esto es lo que puedo ver: el grupo baja del Cliffs of Moher Cruises en la isla menor, el viento no los deja conversar claramente, por lo que siempre van todos muy juntos para tomar las primeras decisiones. La ropa se les pega a la piel por la humedad salada, consultan sus teléfonos sin resultado, se juntan con otros grupos. Para donde miren, ven el mar. Son las once de la mañana y están hambrientos. Fuera del encargado de prefectura que los recibe, no hay nadie. Algunos sacan chocolates comprados en el ferry, otros, diferentes botellas de licor, pero a pesar de la mezcla de fascinación y miedo que los aturde, todos se mueven de manera resuelta y en sus ojos se les nota el brillo de un propósito.

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De repente un niño chiquito sale corriendo de una de las casas y se mete en otra. Tiene la cara sucia y se va agarrando unos pantalones verdes de lana. Algunos se sobresaltan, rompen filas, comentan cosas en varios idiomas. Vuelven a agruparse.

No verán a nadie más hasta dentro de unos días, cuando una delegación vaya por comida y agua hasta el almacén de la isla, a unos seis kilómetros del campamento. Los va a atender una chica joven y tímida enfundada en su buzo de lana blanca de punto grueso. Los antepasados directos de la chica inventaron los dibujos de punto en la lana. Eso le contaron, eso les cuenta ella a los turistas para venderles. Hay un televisor prendido en la habitación al fondo del comercio con un partido de fútbol de equipos que no conoce.

Por ahora esto es lo que puedo ver.

La más profunda medianoche, cuando incluso hasta los perros creen en fantasmas.

Esta noche el viento juega alrededor de la cabaña. Hace mucho, mucho frío. Las paredes son de madera barata, y por lo tanto escucho todo tipo de ruidos.

Sentí que tocaban a la puerta, pensé que era Gustavo y me asomé por la ventana. No había nadie. Las acacias se mueven como pelos en un aviso de champú y caen ramas de los pinos. Puede haber sido cualquier cosa, pero seguramente fue Gustavo un poco borracho. A eso me voy a aferrar el resto de la noche, a eso y al Lagavulin.

Mi muchacho en Doolin me dijo otra cosa interesante hoy en la mañana: de los 99 forenses que subieron al ferry de ida, volvieron 96.

Supongo que la empresa de barcos funciona sin declarar los impuestos exactos y nunca reportó este dato a las autoridades irlandesas. Por otro lado, los recursos y la población de las islas están controlados por algo como el Servicio Nacional de Parques Naturales y depende de Galway, la ciudad importante más cercana, según pude averiguar. Brendan me asegura que la población de las islas no ha variado desde el último nacimiento, hace ocho años.

Mi editor sigue esperando, seguro con resaca, un adelanto de la historia.

Me hago un té, corto algo de pan duro y saco la manteca. Recapitulemos: si se repartieron en grupos de 33 en cada isla, uno de cada grupo no regresó. No hay que estar muy despierta para deducirlo. Sí, tengo que recorrer esta historia a lo ancho y no pretender avanzar, tal vez así llegue a algo.

Hoy en la mañana sentí que golpearon la puerta nuevamente, lo sentí claramente y como era de día la abrí pensando que seguro era Gustavo, no había nadie.

Los veo de noche atrincherados en sus modernas carpas de montaña, todas armadas sobre un frío musgo ralo y contra los muritos de piedra para protegerse del viento helado del Atlántico Norte. Algunos durmiendo, otros con el farol encendido. Los puedo ver de arriba y puedo ver también que están cerca de las barrancas donde doscientos metros en picada rompe el océano negro. Cúpulas de telas de colores de alta tecnología brillando en la oscuridad a sólo un kilómetro de montículos funerarios de cinco mil años. Las cuentas sueltas de un collar sin forma. El corpus de un misterio.

No estoy saliendo mucho, sigue el frío y ya vi las películas que traje, no las voy a nombrar. Repaso constantemente el perímetro de la cabaña, lo camino, lo barro, lo acomodo. Estoy pendiente de lo que pueda encontrar sobre los Forenses.

Hoy de noche tranqué la puerta.

Junto información que encuentro, que me mandan y hago conexiones que son inevitables, pero esto se ensancha a medida que aparece y amenaza con no redondearse.

Me despierto con este dato que Brendan me manda por mail. En Inis Mór hay un hotel, un óstán, como dicen ellos, sobre la Cottage Road Doolin, y, pongamos que el tercer día de campamento, tres de los forenses solicitan habitación por dos noches, una ecuatoriana, un portugués y un ruso. La reservaron con un año de antelación. La habitación es sencilla y cómoda, paredes de piedra, techo de madera dura y una moderna estufa de hierro. Por la ventana ven una pista de avionetas de pasto ralo que se pierde en el cielo abruptamente por los acantilados. Google. No van al mar ni al acantilado, pasan todo el día sobre la estufa, posiblemente comiendo arenques. El hotel está casi vacío, unos japoneses ocupan la habitación que da al oeste, o sea al interior de la isla.

Desde la ventana el viento es sólo pasto doblado, personas dobladas y banderas de Irlanda y de la Unión Europea, dobladas. Puedo ver todas estas cosas.

Tres personas se instalaron cómodamente dos días fuera del campamento, como tenían previsto, quizá preparándose para algo. Tal vez las mismas tres personas que no volvieron.

Decidí mandarle a mi editor los capítulos III y V. Creo que hoy es el tercer día que estoy en la cabaña y no podré estirar más la situación.

Hoy me llamó un compañero pidiéndome que le aconsejara algunas referencias para la nota central del próximo cierre. Me preguntó cómo iba. Primero lo escribo todo, le dije, luego veo qué queda.

Por estas fechas mis mañanas liceales eran inentendibles. Me levantaba de noche cerrada, desayunaba dormida y atravesaba la plaza con una cerrazón helada y tan espesa que no se veía a un metro. A la tercera asignatura el sol nos encandilaba. Me despertaba en Edimburgo y a media mañana estaba en Lisboa. Pero al salir del liceo siempre era Canelones.

Estoy bastante segura de que es el cuarto día que estoy en esto y por pura deriva de flotar en la web llegué hasta el blog de un fulano que vive en las Aram. Es algo así como un diario en el que cuenta su vida, su solitaria vida, por lo que estoy leyendo ahora. Esto para mí es oro, me voy a agarrar a este blog como a un tronco en medio del río. Ya era hora, porque mis peores metáforas están empezando a salir.

Leo sobre la visita de un grupo inusualmente grande de turistas que arriba a las islas y las fechas coinciden. No hay fotos de ese grupo, lo que no parece raro porque casi no hay fotos de ningún tipo en todo el blog.

Lo realmente extraño es que no hay comentarios que refieran a extranjeros que hayan quedado en la isla luego de que el grupo partió. Mil doscientos habitantes en cincuenta y dos kilómetros cuadrados es lo suficientemente chico para enterarse.

Recapitulando, las únicas tres personas del grupo que se quedaron dos noches en el hostal todavía estarían en las islas, pero nadie las ha visto.

Hace varios capítulos (no hay otra forma de ordenar esto) que me contengo de escribir la palabra: ritual. Porque de eso ya tuve bastante y porque hay dos cosas que son inherentes a estos y no encajan: la repetición y la creencia.

Estoy conociendo el perfil de algunos vecinos en las descripciones de este señor, pero no voy a entrar demasiado para no perder el hilo.

Uno de estos personajes se llama Mr. Synge y parece ser un excéntrico millonario irlandés que vive mitad en Dublín, mitad en las islas. Fuera de la guardia marítima, es el único que accede en helicóptero. Tiene quince perros malos y sospecho que este es el motivo por el que aparece tan mencionado.

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Después está Aine, propietaria de un bed and breakfast bastante popular en Airbnb.

Es extraño cómo, a pesar de habitar una isla casi desierta, el trato entre ellos es tan distante y frío. Las Aran tienen una temporada corta de turismo internacional porque el mar y el viento, en los meses de invierno, dificultan enormemente el acceso por mar y aire. Aun así, sus habitantes parecen estar semanas o meses sin visitarse, sin hacer dos kilómetros para ver a otro ser vivo. Se diría que necesitan agrandar el espacio entre ellos, abrir leguas de campo que no existen para no atragantarse con los límites y con la certeza de la total finitud.

Para no tirarse desde las barrancas al Atlántico Norte.

No estoy asustada, juro que no, pero reconozco que cuando me siento atrapada tengo un nudo en el estómago y que, al contrario de todo el mundo, me invade un apetito gigante. Además, esta noche será la última y el gracioso que está detrás de esta broma no va a impedir que redondee la nota, aunque no consiga develar el misterio de los Forenses.

Ahora en la mañana recibí otro mail de la misma dirección anónima de correo. Adentro sólo había una foto. Es la foto del frente de esta cabaña, y la sacaron anoche.

Si no fuera porque esto me está pasando precisamente ahora diría que el guion no es muy original, pero al ver la foto detenidamente, confieso que me asusté.

La imagen de la fachada está sacada del otro lado del camino, o sea a unos veinte o treinta metros de la puerta de la cabaña. Al costado del cuadro y al fondo se ve la cuerda donde pongo ropa a secar con una toalla blanca colgada. La toalla que lavé ayer de tarde.

No tengo tiempo de hacer averiguaciones y en la Jefatura de Policía de La Paloma no tendrán tiempo para esta complicada historia. Quiero entregar la nota incluso aunque no le guste a Antonio, porque no me contestó sobre los avances que le mandé y porque lo nombro aquí con un nombre falso.

Como me voy en la mañana y esta noche será la última decidí acabar con toda la reserva de comida que queda, que no es mucha. Todavía es temprano, así que la tarea no será difícil. También decidí, un poco a modo de ritual, mandar la nota final a las cero horas exactas.

Empiezo con unas torrejas con canela mientras chateo con el bloguero que vive en las islas. Hoy está helado y gris, no pienso salir de la casa. No por miedo, repito, no tengo tiempo de pensar quién pudo haber sacado la foto o quién golpeaba la puerta las otras noches. Ya hablaré mañana con Gustavo y con los chicos de la redacción.

Un detalle que olvidé mencionar es que, buscando algún indicio de redes o logias, encontré que la web del Departamento de Medicina Legal y Ciencias Forenses de la Facultad de Medicina es apenas una página con links a decenas de otros circuitos forenses y del mundo.

MISIÓN — Implementar la enseñanza de calidad de la Medicina Legal y las Ciencias Forenses a nivel de grado y posgrado. Promover la investigación como contribución al mejoramiento del sistema de salud y de justicia. Desarrollar la asistencia, el asesoramiento, la extensión y las actividades en el medio, con énfasis en la calidad académica, la ética pericial y la promoción de los derechos humanos.

VISIÓN — Consolidarse como referente nacional en la formación y la aplicación de la Medicina Legal y las Ciencias Forenses, proyectándose a nivel regional e internacional. Ser impulsor del desarrollo de las Ciencias Forenses en el país. Participar en sinergias interinstitucionales que potencien la contribución de la disciplina a la resolución de problemas con relevancia social.

Esta mezcla de medicina y ley les da un poder especial.

Cuando era chica y vivíamos en Santa Lucía había, como en todas las casas, un médico de familia. En la nuestra el doctor Martelletti era la autoridad máxima exterior de la casa; para cualquier paso relevante, incluso a nivel legal, se le pedía consejo. Era raro ver la sumisión de mi padre cuando atravesaba el zaguán el doctor Juan Andrés Martelletti, con su traje beige y su metro noventa.

No sé cómo relatar esto. Por suerte desde un principio decidí mostrar todas las cartas, decirlo todo. Cada vez tengo más datos, pero el collar sigue sin tomar forma. O toma una que no entiendo, mejor dicho, que no me gusta.

Primero: mi contacto en las islas me confesó que hay rumores muy extraños entre los isleños, particularmente entre sus conocidos de confianza. Algunos pocos residentes claves recibieron de la nada una importante suma de dinero en euros en sus cuentas. Los propietarios del hostal, la chica del almacén, los dueños de algunos terrenos aledaños y el jefe del embarcadero compraron autos, barcos, propiedades y diferentes objetos de lujo tiempo después del encuentro.

Segundo: los tres que se hospedaron en la hostería nunca estuvieron en los campamentos, sólo regresaron la noche antes de que se fueran todos.

Tercero: las “grandes hogueras” se produjeron en la última noche de sus estadías y de ellas no quedó casi nada, unos pocos troncos quemados, papeles chamuscados que parecían ser páginas de libros y un montículo de piedras en el lugar exacto de cada fuego.

Cuarto: concuerdan granjeros de las tres islas, cercanos a los campamentos, en que durante la estadía de los Forenses a estos casi no se los oyó. Salvo la última noche, que el viento trajo gritos, coros, aullidos como de dolor, dijeron algunos. Pero no prestaron demasiada atención: “El viento trae cualquier cosa”, en el decir de ellos.

Acabo de almorzar tarde, me hice una pasta con crema de puerro y unas salchichas de lata. Justo cuando me sirvo la última copa de vino que hay en la botella llega otro mail de la misma dirección misteriosa. No lo elimino, pero no lo abro. Hasta que no termine de escribir todo no lo abro.

Tranco la puerta, aunque sea de día.

Gustavo acaba de irse, pasó a dejarme unos pasteles de dulce de membrillo caseros que a él le quedan deliciosos. Me contó que su mujer llega de Alemania en un mes para preparar las cabañas para los turistas. Me comentó también que no me visitó antes porque acaba de llegar de la casa de unos amigos en la Laguna de Rocha y que vuelve para allí en un rato, cuando baje el sol. Estoy un poco asustada.

Estos pasteles me dificultarán la liturgia de terminar con toda la comida de la cabaña antes de mandar la nota, pero serán un obstáculo hermoso.

Quedamos con el tipo de las Aran de vernos por Skype a la tardecita de acá, luego de que su mujer y su hijo se durmieran. Me tenía que decir algo importante. Rezo porque no pretenda nada romántico, no tengo tiempo para eso ahora.

Estoy ansiosa por ver qué info me traerá, tengo algunas oscuras intuiciones, pero no me quiero adelantar. Mejor me voy a duchar.

No me vendría mal arreglarme un poco.

Otra vez golpearon a la puerta y golpearon fuerte. Pero tengo que tomarme unos minutos para digerir el mail que me acaba de mandar Brendan. Traduzco: “Lo principal: golpearon a mi puerta ayer dos veces, cuando salí no era nadie. Hoy antes de nuestro Skype recibí un correo anónimo que luego abrí, era la foto de mi ventana y veía mi imagen dentro de la casa sobre la notebook, hablando contigo, supongo. Estoy asustado. No quiero ir más lejos con todo esto. Ahora mismo están golpeando nuevamente la puerta de mi casa. Adiós”.

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En el mismo correo hay un archivo .zip que voy a descomprimir luego. Brendan no se presentó a nuestro chat. Necesito saber si esto es una especie de casualidad o qué. Voy a tener que apurarme si quiero cumplir con mandar todo antes de medianoche, pero necesito hablarlo con alguien.

Golpean la puerta ahora, seguramente sea Gustavo.

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